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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

10ş Domingo después de Pentecostés, 13.08.2017

Sermón sobre Mateo 14:22-33, por Michael Nachtrab

Queridos hermanos y hermanas:

            el relato que acabamos de escuchar acerca de Jesús caminando sobre las aguas es tal vez uno de los relatos más conocidos del Nuevo Testamento, incluso entre quienes no frecuentan a menudo la iglesia. Sin duda, no es solamente por el hecho insólito de que Jesús camine sobre el agua sino más aún que un simple hombre como Pedro intente lo mismo, que logre hacer algunos pasos pero que después se hunde y tenga que ser rescatado por Jesús. Justamente por ser tan conocido ese relato, corremos el peligro de escuchar el relato superficialmente, ver apenas desde lejos, tal vez desde tierra firme, cual espectadores como los discípulos luchan contra las olas que zarandean su pequeño barco. Para que el relato se nos vuelva evangelio, es decir Buena Noticia, se nos obliga embarcarnos juntos a la pequeña comunidad de discípulos en su viaje por el Lago Genesaret.

            Una vez en medio del lago entendemos por qué algunos evangelistas lo confundieron con un mar: es un lago vasto y extenso. Y hay algo más que hace a este lago tan parecido a un mar. Los pescadores expertos entre los discípulos nos advierten que de noche bajan vientos fríos de los montes alrededor del lago. Cuando llegan a la superficie cálida del lago se desatan tormentas fuertes que agitan el lago de tal manera que se forman olas como en un mar. Efectivamente llega la noche y el lago empieza a agitarse. Las olas mueven el pequeño barco de aquí para allá y como una fiera salvaje parecen querer tragarse la embarcación junto a los navegantes. Frente a esto, el ser humano se siente tan pequeño. Uno puede sentir como la angustia quiere entrar hasta al alma para hundirla al igual que las aguas al barco. El corazón se achica y el abismo debajo de uno se hace cada vez más grande y profundo. El caos al derredor del barco, la violencia con que las olas avanzan en su contra, el ruido constante y ensordecedor del viento: de golpe se nos hace evidente por qué los salmistas eligieron las aguas caudalosas y enfurecidas para compararlas a las adversidades, persecuciones y tribulaciones que debían enfrentar. Pero a pesar de todo, en ese pequeño barco y frente a esos poderes violentos no hay razón para sentirse solo o perdido. Cada uno en el barco ocupa su puesto y hace lo que puede para que el barco no se hunda y con él toda la tripulación. Cada uno sabe que sea donde sea que está parado debe cumplir su tarea. Si uno abandona, todo y todos están perdidos.

            Esa es la situación. Y realmente debemos estar metidos en medio de esa situación, remando y ocupando nuestro lugar allí en el barco, junto a la pequeña comunidad de discípulos para que las palabras de Jesús lleguen a nosotros: ¡Tengan ánimo! ¡Yo soy! ¡No teman! Y si nos llegan, entonces seremos dichosos porque escucharemos toda la Buena Noticia del Antiguo y del Nuevo Testamento en esas pocas palabras. El que habla aquí es el Crucificado y el Resucitado, es Dios mismo, el Dios de Abraham y de Moisés, Emanuel, Dios con nosotros. El que era, el que es y el que ha de venir. Es el mismo que llamó a Pedro y a los demás pescadores, el que llamó a publicanos y pecadores a seguirle, es el mismo que nos llamó en nuestro bautismo por nuestro nombre. Es el que tuvo compasión de las multitudes y el que sana los enfermos. Es el creador del cielo y de la tierra, que puso fin al caos que hubo en la tierra y que liberó a los Israelitas de la esclavitud. Es el que va a la cruz, el que será tragado por las tinieblas y los abismos como Jonás y después de tres días ha de resucitar como vencedor sobre la muerte y todos los poderes del mal. Ese mismo aparece en medio de esta lucha entre unos simples navegantes y el caos para que sintamos que a nuestro lado está, para infundirnos aliento como el pastor con su vara y su cayado, para ser la razón de nuestra unión.

            Si pudiéramos dejarnos predicar estas simples palabras, si pudiéramos escuchar en ellas toda la razón de nuestra fe, esperanza y amor, si pudiéramos encontrar en ellas nuestro único consuelo en la vida y en la muerte y la firme certeza sobre la cual vivir y construir, si pudiéramos confesar eso firme y fielmente contra viento y marea, contra imperios y todos los poderes del mal, eso sería como una verdadera navidad: paz en el cielo y paz en la tierra. Si escuchamos atentamente a la carta de Pablo a los Romanos, justamente eso es salvación. Esa salvación tiene carácter comunitario porque es en la comunidad donde es predicado la Buena Noticia, donde es escuchado la Palabra de Dios, donde se vive y confiesa la fe; y la comunidad donde sucede eso es justamente como el barco en el ojo del huracán, como la comunidad en Roma, en medio del imperio que perseguía a los cristianos. Dista por lejos de ser igual a la salvación que es predicada muros adentro y muros afuera de algunas iglesias. No es una salvación personal al modo del “sálvese quien pueda”. No es una salvación que es una mezcla entre superación personal y experiencias trascendentales. Ninguna de las dos formas se asemeja a la salvación evangélica: evangélica, no por ser propia a alguna confesión o iglesia, sino evangélica por ser la liberación gozosa por un lado de aquellos poderes que niegan que el crucificado sea el resucitado y por otra parte para poder servir en gratitud y libertad a toda la creación de Dios.

            Pero siempre ha sido la tentación de las comunidades cristianas confundirse entre esa salvación evangélica y la que no es evangélica. Y justamente Pedro cae en esa tentación. Haremos bien en no celebrar a Pedro como héroe de la fe que por más que fracasó por lo menos intentó lo imposible. También haremos bien en no culpar a Pedro de haberse hundido porque de repente empezó a dudar de su fe. Si escuchamos bien desde adentro del barco lo que Pedro dice, nos percatamos de que efectivamente pide una señal milagrosa a Jesús porque no le convencen las palabras anteriores de Jesús: ¡Yo soy! ¡No soy un fantasma! Pedro necesita algo más para tener certeza de estar a salvo, de que es Jesús quien vino a ayudarlos e infundirles ánimo. Por eso dice: Si eres tú, Señor, entonces mándame a que salga del barco y venga hacía ti. Esto nos debe resultar insólito: ¡aquí alguien deja su puesto, rompe las filas para salvarse a parte del resto! Esa jugada personal puede costarle la vida a toda la tripulación porque solamente se puede hacer frente al viento y a las olas si se trabaja lado a lado con el mismo espíritu. Y le puede costarle la vida a aquel que hace esa jugada personal. Efectivamente es lo que pasa porque después de haber intentado a superarse personalmente, a superar los límites del ser humano y tener una experiencia trascendental pero privada y personal, Pedro empieza a hundirse. Porque Dios es fiel y escucha al alma que lo invoca desde el abismo, Jesús rescata a Pedro. Ahora muchos piensan que Jesús lo reta por haber fracasado en el camino sobre el mar, que no tuvo suficiente fe. Pero Jesús no es ninguno de esos predicadores que venden bendiciones y si la bendición no te llega es porque no tuviste suficiente fe. Cuando Jesús le dice a Pedro que tiene poca fe y le pregunta por qué dudó, no se refiere a lo que pasó encima del agua sino lo que sucedió todavía adentro del barco. Porque a Pedro no le bastó con escuchar las palabras de Jesús ¡Tengan ánimo! ¡Yo soy! ¡No teman! como buena noticia, como evangelio, como noticia de la victoria del Crucificado que ha de resucitar y vencer al caos y por ende al mar, al viento y todo lo demás. Esa fue la poca fe de Pedro. Pedro hizo justamente lo que Pablo comenta a la Comunidad de Corintios: Predicamos la palabra de la cruz, que es locura para este mundo. Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría pero nosotros predicamos la palabra de la cruz. Pedro no permite que esa palabra de la cruz, porque es el crucificado quien le habla, sea su certeza, sino necesita y pide una señal. Y el hecho de que sea una señal algo egoísta, el hecho de abandonar el barco y querer caminar su camino sobre el mar, esa es la duda de la que habla Jesús. En griego dice distazo, que literalmente quiere decir “caminar por dos caminos”. El camino que Pedro y la pequeña comunidad de los discípulos debe caminar es el del seguimiento. Ese seguimiento ya comenzó cuando Jesús llamó a Pedro a abandonar su barca y dejar sus redes para seguirle. Ese seguimiento significa obedecer al mandato del Señor, a ser enviado como ovejas entre medio de los lobos y a tener ánimo por más que en el mundo el discípulo ha de sufrir porque Jesús venció al mundo. Ese seguimiento también significa ser obligado a embarcarse al lago, aun sabiendo que de noche se levantan vientos fuertes. Pedro no necesitaba otro llamado, solamente era preciso ser fiel al mandato y confiar en quien decía ¡Tengan animo! ¡Yo soy! ¡No teman! No era preciso abandonar la comunidad del barco para ir un camino personal sino justamente era preciso mantener su puesto en el barco, seguir remando contra el viento y contra las olas, confiando en que el YO SOY infundía suficiente aliento y ánimo a toda la tripulación para seguir remando. Cuando Jesús dice ¡Tengan ánimo!, sin duda, no se refería a que Pedro tome coraje para su hazaña individual sino que haya un mismo sentir entre la comunidad del barco. La súplica individual de Pedro debería haber sido una intercesión por toda la comunidad del barco: ¡Señor, sálvanos porque nos estamos hundiendo! ¡Ven a nuestro barco y sálvanos! No era preciso que alguien se salve caminando hacía Jesús, superándose a sí mismo o los límites humanos, sino era preciso que Jesús venga al barco para salvar a todos. Y es justamente lo que hace después de rescatar a Pedro. Al igual que la oveja perdida, Jesús carga a Pedro de vuelta al barco como si fuese el rebaño. Y es entonces cuando Jesús entra al barco que se calma la tempestad – paz en el cielo y paz en la tierra.

            El evangelio de hoy, mis queridos hermanos y hermanas, nos exhorta ser comunidad; comunidad donde se predica el evangelio de la cruz, es decir que efectivamente el hombre Jesús, aquel que nació en un pesebre y murió en una cruz, es el Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Y que Dios con nosotros resucitó verdaderamente entre los muertos para salir vencedor de todos los poderes de la muerte y del mal. Somos llamados a ser comunidad donde se escucha y cree a esa única palabra de Dios, que es Jesucristo, y donde se confiesa que el que entra a Jerusalén montando un burro es Señor y Salvador de todos. Eso no quiere decir que la comunidad ha de ser un lugar donde el individuo vale menos que el bien común o la comunidad. Justamente esa comunidad del barco no ha de ser como los otros barcos que navegan por allí; barcos en que la única meta es el éxito y en que hay más náufragos que navegantes; barcos en que no hay tripulación porque cada uno busca su propio bien. Es justamente en esos barcos donde el individuo es sacrificado para que el viaje pueda seguir. Entre nosotros, mis queridos hermanos no ha de ser así, porque somos uno en espíritu y en el Señor, trabajando lado a lado como guardas celosos de todo hombre en su honor. Solamente así, como comunidad oyente, orante y confesante, como comunidad del barco que no teme ni abandona su mandato entre medio del caos y de la violencia sino confía en quien les manda que tengan valor y firmeza, solamente como comunidad que rescata a quienes se hunden en las olas de la violencia y la furia de los vientos contrarios, solamente así habrá salvación.

            Oremos, hoy, por todas las comunidades que a través de los tiempos confiaron y confesaron fielmente contra viento y marea a Jesucristo como Señor y Salvador. Especialmente oremos por las comunidades cristianas que buscan la paz y la justicia en Venezuela entre medio del caos, también por las comunidades en el sur de Argentina que resisten contra la instalación de plantas nucleares y por las comunidades cristianas que en medio de las guerras y persecuciones invocan al Señor de todos, quien no distingue entre judío y griego y que es rico para con todos los que lo invocan (Rom 10:12). Amén.



Vikar Michael Nachtrab
San Vicente (Misiones), Argentina
E-Mail: famnachtrab@hotmail.com

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