El desafío de escuchar al resucitado
«Jesús le dijo: ¡María! Ella lo reconoció y le dijo... ¡Maestro!»
El misterio de la resurrección de Jesucristo no deja de ser sorprendente, impactante y hasta desconcertante, como lo fue para María Magdalena en aquel momento en que, no solo vio la tumba vacía, y a los ángeles que le preguntaron ¿por qué lloras?, sino también al mismo Jesús con vida. Podemos notar que hay dos momentos en el breve diálogo que comparte con Jesús, el primero con una pregunta: ‘Mujer ¿por qué lloras?', y una respuesta: ‘Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo'; en este momento no hay reconocimiento del resucitado, y María Magdalena se mantiene en la idea que tenía respecto a lo acontecido con la tumba vacía. Podríamos decir que María aun no modifica su posición subjetiva en relación a los acontecimientos que estaban ocurriendo a su alrededor. El significado de la tumba vacía para ella no puede ser entendido de una manera distinta a lo que el alcance de su razonamiento le permitía comprender, es exactamente lo que ocurre con el razonamiento humano sin fe: se trata de hacer encajar todos los acontecimientos que ocurren alrededor, en lo que nuestra acotada razón procura explicar. El segundo momento que se nota es aquel donde Jesús pronuncia su nombre: ‘María', y es cuando se produce este cambio de idea o cambio de posición subjetiva que la lleva a escuchar al resucitado. Cada uno de estos momentos tiene una pequeña estructura y una razón de ser, que puede llegar a sostenerse en personas y/o grupos y hasta en organizaciones sociales. Tengamos en cuenta que en ambas está la presencia del resucitado.
En el primer momento María Magdalena presenta una preocupación, una búsqueda de respuesta y una disposición a un despliegue de acción. Esta pequeña estructura puede movilizar a una persona, grupo o pueblo, por un tiempo breve, por algunos años o por toda la vida; pero más tarde o más temprano va quedando a la vista que la misma preocupación siempre se renueva o se adapta, que las respuestas nunca llegan a ser demasiado satisfactorias, y que los despliegues de acción que se llevaron adelante no dieron el resultado que en verdad se deseaba; lo que lleva nuevamente a renovar la preocupación, la búsqueda de respuestas y el despliegue de acciones que suman angustia a la vida. Tener la tumba vacía y al mismo resucitado delante nuestro, no garantiza que la acción salvífica de Dios se desencadene en nuestras vidas, dado que podemos estar demasiado sumergidos/as en nuestra propia idea de los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, y ello no nos deja entrar en conexión con la resurrección.
En el segundo momento María se recompone en un nuevo lugar, escuchando la voz del resucitado comprende de manera nueva los acontecimientos que ocurren a su alrededor. Uno de los grandes cambios está en la liberación de la angustia que la preocupaba, que la motivaba a buscar respuestas, y que la llevaba a desplegar ciertas acciones. Liberada de la angustia, ahora llena de alegría, se predispone al anuncio y testimonio del resucitado. Uno de los primeros efectos de entrar en conexión con la resurrección se da en la liberación de las angustias, el alivio de las penas que lleva a una reubicación en relación a las preocupaciones, a no perseguir tantas respuestas, y a reorientar el despliegue de las acciones. Vemos entonces que no basta con tener por delante la tumba vacía y al mis resucitado, sino de escucharlo pronunciar nuestro nombre, y lo que tiene para decirnos.
La resurrección es la parte más visible del contenido de la semana santa, cuando aparece el resucitado, también aparece el contenido, y lo necesitamos para reflexionar de qué se trata la recomposición de un nuevo lugar a partir de la escucha al resucitado. Brevemente recontemos algunas cuestiones medulares: Jesús entra a Jerusalén en un asno y no en un corcel, lo que anticipa una Paz que no llegará por la imposición de ningún tipo de violencia, sino por la humildad y sencillez de corazón. El jueves santo Jesús descompone completamente el concepto de autoridad que manejaban sus discípulos, el más grande o superior será el que más sirva, y la herramienta de ese servicio será el amor. La Cruz sella la identidad cristiana en la condición de no tener en cuenta la culpa del otro para condicionar nuestros actos.
Si queremos liberarnos de las angustias que nos sostienen en un lugar de preocupación constante, en búsqueda de respuestas que no se logran nunca, y que nos lleva a un despliegue de acciones desgastantes y agobiantes; debemos escuchar una Paz que no sea impuesta, también escuchar la grandeza del servicio y del amor, y la necesidad de no condicionar nuestros actos (de paz, servicio y amor), de acuerdo a la culpa atribuida a otros/as. La resurrección acontece más allá de nosotros/as y de nuestras ideas, el resucitado hoy vuelve a pronunciar nuestros nombres, como llamó a María Magdalena, y espera que nos alegremos y aliviemos las angustias que aprisionan nuestras vidas.